El mito de la Vía Láctea como nunca antes te lo habían contado

Panorámica de la Vía Láctea sobre el Gran Telescopio Canarias (GTC), en el Observatorio del Roque de los Muchachos (La Palma). Autor: Daniel López/IAC.
Fecha de publicación
Autor/es
María Carmen del
Puerto Varela
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Lo de Zeus era patológico y la diosa Hera lo sabía. Pero no por ello estaba dispuesta a soportar una infidelidad más de su marido, y hermano a la vez. No sólo la engañaba con otras diosas, sino también con algunas mortales que eran seducidas por el mismísimo dios del Olimpo transformado en un manso toro blanco, un bello cisne de cuello largo o una sutil lluvia de oro. Zeus no dudaba en experimentar indignas metamorfosis con tal de alcanzar sus propósitos y satisfacer sus deseos.

La última traición, con la hermosa Alcmena, nieta de Perseo y Andrómeda, fue la más humillante para la diosa Hera. La reina de Micenas no había consumado el matrimonio con Anfitrión, su esposo, esperando que éste primero vengara la muerte de sus hermanos a manos de los tafios. Zeus se aprovechó de la situación y la sedujo adoptando la apariencia del marido ausente, que supuestamente regresaba victorioso tras haber cumplido la misión encomendada.

Pero el affaire con Alcmena, que actuó totalmente entregada creyendo que yacía con su marido, no se limitó a un sucinto escarceo amoroso. Zeus, más fogoso que nunca, hizo que el Sol saliera con retraso sobre su orto ordinario. Por orden divina, la luz solar permaneció tres noches sumergida bajo el Océano, permitiendo prolongar las horas de pasión de la pareja. Como resultado, Alcmena concibió al robusto Heracles, más conocido por Hércules, su nombre latino.

Mas no acabó ahí la afrenta para la esposa de Zeus. Obviamente, ella nunca habría aceptado criar a los hijos que su esposo tuviera con otras mujeres. Pero Hermes, el heraldo de los dioses, sabiendo que el último hijo mortal de Zeus no alcanzaría los honores celestes si no mamaba leche divina, colocó al niño recién nacido bajo el seno de Hera mientras ella dormía. Cuando la diosa despertó y descubrió a Heracles succionando de su pecho, lo apartó bruscamente, aunque la leche siguió manando y esparciéndose entre las estrellas del cielo.

La diosa Hera quiso vengarse de esa vejatoria evidencia de adulterio que Heracles representaba. Empezó haciendo todo lo posible por retrasar su nacimiento, de modo que otro nieto de Perseo, Euristeo, vino al mundo antes que Heracles y le arrebató su derecho al trono de Micenas. La diosa también envió dos gigantescas serpientes a la cuna del “pequeño”, quien las estranguló sin dificultad con sus propias manos. Y, ya de adulto, la diosa le impuso, a través del rey micénico, los famosos “doce trabajos de Hércules”, como matar al León de Nemea, cortar las nueve cabezas de la Hidra o robar las Manzanas del Jardín de las Hespérides, tras acabar con el dragón que las custodiaba.

Sin embargo, la diosa Hera no pudo evitar que el héroe mitológico, con quien se reconcilió finalmente, acabara a su lado en el Olimpo, ni tampoco que la leche sobrante de amamantarle, aunque lo hiciera de forma involuntaria, hoy dé nombre poético a nuestra galaxia.

 

El término “Vía Láctea” proviene de la mitología griega. Deriva del latín Via Lactea que, a su vez, es una traducción del griego Kyklos Galaktikos (“Círculo de Leche”). Esta banda luminosa que cruza el cielo nocturno (más brillante en el Hemisferio Sur que en el Hemisferio Norte), es en realidad la apariencia que nos presentan los miles de millones de estrellas que constituyen el disco de nuestra galaxia, vista desde el Sistema Solar.