Estos días no es raro oír a algunas personas comentar qué es lo que suelen utilizar para mirar los eclipses, e incluso se refieren a ello como como si hubieran sido varios los que hubieran presenciado. Cosa sorprendente, si tenemos en cuenta que el último eclipse solar total que pudo verse en la España peninsular tuvo lugar en 1905. Es cierto que hubo otro posterior en 1912, pero afectó a tan poco territorio y durante tan poco tiempo (tan solo unos segundos), que muy poca gente llegó a percibirlo realmente.
Y nada más desde entonces, salvo el que pudo verse en 1959 en las Islas Canarias. Pero entonces, ¿qué vio la gente que afirma haber visto ya varios eclipses totales? Descontando, claro, que no hayan viajado a presenciar alguno en el extranjero, como los que en 2017 y 2024 tuvieron lugar en Estados Unidos.
Es muy probable que, por un lado, haya una cierta confusión con los eclipses lunares, mucho más frecuentes. Son eclipses en los que la Tierra se coloca entre el Sol y la Luna y, por tanto, la Luna sufre un oscurecimiento con respecto a lo que sería su brillo habitual. Pero no llega a desaparecer como sí ocurre en el solar total. Y estos sí que son mucho más frecuentes; de hecho, suele haber varios cada año.
La otra posibilidad es que, en realidad, haya presenciado un eclipse solar parcial. Estos ocurren cada pocos años, lo que hace que mucha gente los confunda, erróneamente, con un eclipse solar total. Pero salvo su origen (ambos suceden cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, solo que en el caso del parcial no llega a ocultar totalmente el disco solar), las diferencias son muy grandes.
La clave está en la totalidad
Quizá lo primero que haya que decir, por mucho que parezca una perogrullada, es que no tienen ni comparación en espectacularidad, Un eclipse solar parcial puede, incluso, llegar a pasar desapercibido para un no avisado, especialmente si la parte ocultada del Sol es pequeña. Un eclipse solar total, salvo en casos de excesiva brevedad, es imposible que pase desapercibido en un cielo descubierto.
La clave que hace tan únicos a los eclipses solares totales es el momento de ocultación completa del Sol, lo que se conoce como fase de totalidad. Porque la clave no es solo que se haga de noche en una hora en la que eso no debería suceder, y que notemos cambios identificables como el descenso de la temperatura o percibamos comportamientos crepusculares en los animales. Lo más importante es el aspecto que toma el disco solar durante la totalidad.
Es ese momento el único en el que podemos contemplar la corona solar, la parte más externa de la atmósfera del Sol, y que dado que tiene un brillo millones de veces inferior al del astro, es totalmente invisible para nosotros el resto del tiempo. Sin embargo, la corona solar es fundamental para entender la dinámica de nuestra estrella que rige las protuberancias, origina el viento solar y puede perturbarnos a través de las conocidas como tormentas solares.
Pero, sobre todo, y por encima de la ciencia, se trata de un espectáculo bellísimo, sin parangón con nada que podamos ver en el cielo. Como afirmaba el director del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) en una reciente entrevista: «En un eclipse total solar podemos ver a simple vista la corona solar. Observarla nos demuestra que el sol es mucho más grande y extenso de lo que parece; va más allá de esa 'bola amarilla'. Yo he visto tres en mi vida y son momentos realmente mágicos».
Un doble regalo
Así que ténganlo claro: resulta imposible confundir un eclipse solar total con cualquier otra cosa. Es necesario, eso sí, hacerlo siguiendo todas las instrucciones de seguridad al respecto. Y en el IAC estamos de suerte, pues entrenaremos el próximo 12 de agosto, en Palencia, los equipos que utilizaremos en el proyecto NATE durante el del próximo año. Un auténtico regalo del cielo, que no volverá a verse en la Península Ibérica hasta 2053.